sábado, septiembre 02, 2006

Acostumbrándome a tus besos.

Muchos años ya sobrevolando el deseo,
demasiada artillería bombardeando
incompasible, traidora, mis sesos,
este cuerpo lacerado por tanto fuego.
Acabaremos abrasados por tanto juego.
El napalm de tus tientos, tus excesos
nos dejará, muertos, más que tiesos.
Te lo digo, acostumbrado a tantos yesos,
alambres, heridas, lágrimas, rezos,
acostumbrado a tanta mierda;
metralla, enfermeras, calabozos,
días de hambre, marchas, balazos,
la muerte, torniquetes, tornillos,
putas, alcoholes, drogas, sablazos,
a casi de todo, menos a tus besos...

Te necesito así...

Te necesito así, quejumbrosa
como una vieja cama ruidosa.
Te deseo así, libre, deseosa,
violenta, satírica, arrebolada
sutil adolescente ruborizada.
Como un autobús sin pasajeros
de vuelta triste a la cochera.
Viciosa, caliente, morbosa.
Como una noche seca sin ron,
sin whisky, sin rancheras.
Te necesito sin ton ni son,
modesta, alcohólica, lujuriosa,
con todos tus sentidos, zorrón;
y sin ellos. Timadora hermosa.
Por si no y por si me esperas,
te necesito así, embaucadora.
Y si no, pues "ajo y agua"...
¿Qué he de hacer si no?

A una "May West" de barrio...

Eres la jodida
May West
bien vestida
de Jonny Guittar.
¿Y sabes nena?
Es una pena que anoche
no haya aparecido yo
con mi "Smith and Wesson"
para volarle las pelotas a ese tipo.
Pero si tú sólo necesitas besos......
No sé lo que te habrá hecho.
Pero ya me enteraré...
Dalo por hecho.
Dices que era forastero.
Pero que te agujereó el alma,
después de seis años
o seis tiros
o seis leñazos...
Eso no se le hace
a una amiga de Leighton,
ni a la más pobre puta
de todas las putas
de Farruco “Jones”.
Esa escoria era un hijoputa.
Sólo le salva,
que no conozco su ruta.
Maldito cabrón
sin corazón,
si tienes cojones,
acá tienes tu puta...
pero págame primero
porque ya estás muerto,
y no por un tiro,
lo tuyo es de nacimiento.

miércoles, agosto 30, 2006

Irreverente Arrabalera.

Si mis palabras te “incitan”,
cógelas, lámelas, cómelas.
A mi las tuyas me excitan.
Hagamos pues, con ellas,
pornografía.
Pues, ¿qué nos queda?
¿Qué nos dan?
Nada más que posturas.
Utilízalas, gástalas, úsalas.
Y cuando te hartes;
que ardan.
Rómpelas, quémalas,
destrúyelas.
Pero si puede ser,
retozando tú,
lúbrica, ardiente, sudada.
Mi irreverente niña,
dura, forjada y risueña,
triste, fuerte y arrabalera.
Pues si en este jodido tango,
fuiste la mina traicionera,
ahora sos la traicionada.

A Luisa, con cariño...

Pedazo de potra...

No te lo había dicho,
pedazo de golfa,
juguetona, más que bicho,
pero cuando sin solfa,
a la más mínima
te tengo en el lecho,
tan dulce y caliente,
ofreciéndome tus pechos,
tu sexo, tus rizos, tu boca,
lo cierto es que sólo
pienso en la “otra”.
No obstante,
tienes todos mis respetos,
y mi amor más que interesado
o desinteresado, ¿qué más da?
mi lozana gitana caliente,
pedazo de potra.

domingo, agosto 27, 2006

Chau, mi negra...

[Léase con acento Argentino o Uruguayo].
Muy agradecido.
César.

Esta es una cama
modesta,
silenciosa,
sin muelles chivatos,
ni vecinas cotillas,
ni espías pajilleros.
Esta es una cama,
para dormir todo el día.
No tu día,
ni mi día.
Sólo ya, para verter
tu imagen fría.
Anda ya muy mojada,
la muy jodida,
de tantas pesadillas,
y sueños,
de tanta mortaja,
plagada de miguitas
de versos secos,
de ajados “tequieros”,
de nostalgias,
de otros regueros...
de lo que no me das,
ni en lo húmedo,
ni en la sangre
que con tus besos
lúgubres me "sacás".
Abrázame,
pero en tus sueños.
Pues te quedaste,
sin abrigo,
sin panes,
sin mi leche,
sin mis huevos,
sin migajas,
sin nada verdadero.
Chau,
mi bella negra.
Y que te pille
la “migra”,
chula, preciosa,
tierna princesa
opaca, viciosa.
Ya jamás,
nos veremos

Ni la belleza te salva.

Llueve el sol,
tras los cristales rotos,
gotean aristas tus besos,
y como plomo fuego,
caen oscuros rojos,
ardientes al gres del suelo.
No les di muy fuerte,
pero ya me conoces,
sabes cual es mi suerte,
andar enamorado,
hastiado,
calado en seco,
chorreante,
desengañado,
casi ciego...
Todo es como siempre:
entra tu agua en mi casa,
mi sangre lo salpica todo,
y que me encuentren
con la jodida muerte,
maquillada por tu lodo...
Ni la belleza te salva,
lo llevas impreso en los huesos:
esa tristeza rubia y algún beso.
Sólo eso.

sábado, agosto 26, 2006

Un tiznado garabato.

Tanto antes como después de trabajar, solía caminar largamente, con cierta prisa contenida que le recordaba viejos tiempos de huida, de locas palpitaciones, de sudores fríos, de manos contra la pared y piernas separadas, cacheos, y alguna que otra patada traidora en los huevos; los viejos tiempos de un gilipollas al que cualquiera vestido de uniforme tenía todo el poder humano y divino de humillar. Aunque, hombre, las cosas como son, que entonces, con él, tampoco había que andarse con excesivas delicadezas. Al pan, pan y al vino más, como diría Arístides. En los pocos tratos o detenciones violentas que sufrió en su juventud siempre hubo algo en lo que encontró cierto orgullo, un no sé qué "heroico" de rebeldía sublimada, un "tenerlos bien puestos"; era lo único, quizá, por lo que le jodió tanto, en aquellos días, que se los descolocaran de una traidora patada mientras tirado en el suelo boca abajo le esposaban las manos a las espaldas. Al fin y al cabo lo de menos fue el tremendo dolor que subía de los riñones hacia la garganta en forma de arcada ácida y seca: agua pasada ya, crudos recuerdos reavivados por sus solitarios paseos nocturnos bajo el venenoso narcótico de un cielo turbio de monóxido de carbono y estrellas muertas que todavía sonaban en un cielo que no era el suyo, en un cielo que nunca fue de los hombres. Acostándose tarde se ahorraba el desayuno y con suerte la comida. Por eso de día dormía y hacia las ocho o las nueve de la noche bajaba al comedor de la sucia pensión, de eterno olor a repollo cocido y pintura vieja, amarillenta, espesa y cortada como la meada de un viejo borracho. Hay que joderse, pensaba. ¿De dónde saldrá ese puto olor que lo impregna todo?. Porque ese insano lugar era como el reino de los repollos podridos. Quizá simplemente, era el olor que desprenden los edificios viejos, cuando se pudren como la carne, el olor de una premuerte, de un moribundo, de lo corrompido por la humedad del tiempo. Daban poco de "papeo", pero al fin y al cabo era algo que echarse al escandaloso buche, y con la deuda que tenía tampoco estaba en situación de exigir pato a la naranja. Así que se tomaba el huevo frito o la morcilla, según el día, con un mendrugo de pan y salía a dar un paseo. A pesar de esos recuerdos que a veces le asaltaban, siempre le gustó pasear de noche. Sobre todo en invierno, con el suelo recién llovido, y los cristales de las casas y de los automóviles empañados por la humedad, contribuyendo a las neblinosas noches con el perenne humo de su ducados y sus pisadas lentas, pesadas como si arrastrara realmente los pilares del mundo sobre los hombros cansados. El frío y el silencio, únicamente rotos por el ruido de sus pasos y el claxon de algún automóvil lejano le ayudaban a pensar. No tenía mucho en que hacerlo ya, por eso la mayor parte del tiempo era la memoria la que aprovechaba ese hueco para colarse y fustigarlo silenciosamente. A veces, mientras iba perdido en sus pensamientos alguna puta lo interrumpía. El pan de cada día en el barrio antiguo:
.- Hola guapo, ¿echamos un polvo? Hacemos posturas, lo que tú quieras, la chupo, hasta me puedes dar por culo. Cinco mil.
.-¿Pero es que tengo yo pinta de llevar cinco mil encima? .-¡"Andalamierda"! ¡Que ya está una hasta la "figa" de malas leches ajenas!
.- Va, tira, que hoy no tengo un buen día.
.-¡August! ¡August!, ¡Que este picha floja me está vacilando!. Llamaba al senescente chulo que desde un bar próximo luchaba por atinar con un vaso de vino acercándoselo tembloroso a los ajados labios.
.- Que te den por el culo.
.- Pues como no me dé el espíritu santo, ¡Que os estáis amariconando "tos"!.- Terminaba gritando ella desde tan lejos que él no podía oírla ya.
Luego volvía al sucio cuartucho de la pensión a limpiar un poco el saxofón, lo guardaba en su caja de cuero (sus pertenencias más valiosas) y marchaba hacia el curro repasando mentalmente algunas de las notas que habría de interpretar en unos instantes. Hacía más de quince años que no se tocaba las venas. Sus sibaríticas venas no estaban hechas para unos tiempos en los que hasta el mejor caballo agonizaba gangrenoso, habiendo trocado ya lo que fue sublime relincho por el balido enfermo de una oveja vieja. Un chino de vez en cuando y con cuidado. Por seis talegos conseguía lo mejor que podía encontrarse en toda la ciudad, y que no tenía más que un diez o quince por ciento de pureza. Pura bazofia que con la sabiduría de un alquimista "cocía" con amoniaco o bicarbonato para sacarle la mierda. Cuando se "rayaba" hasta el punto de tener que salir a la calle a romperle materialmente las piernas a algún menda, buscaba sus seis talegos sableando como un cabrón aquí y allá, pillaba su caballo, se hacía un chino y tan ricamente. Era el único medio que conocía y que pudiera servirle para evitarse males mayores y sus amigos lo sabían.
Esa noche a la del garito donde tocaba, sintió el peso de miles de edificios, de millones de kilómetros de asfalto sobre el corazón. Materialmente se asfixiaba, se ahogaba. Un fuerte zumbido, quizá producto de sus sienes al borde del estallido le hizo huir desesperadamente (“fuga psicótica" le hubiera diagnosticado un psiquiatra). Y sin saber cómo, súbitamente se encontró en la terraza de un gran edificio, con la ceja partida, sangrando a borbotones por la boca, la nariz probablemente rota, y un pómulo hundido todo ello producto de algún encontronazo con el suelo, un atropello, o una paliza, quién sabe... Alguien más estaba allí y terminó recordando, saliendo de su psicótico trance, lo que lo había llevado a ese lugar esa noche de principios de un diciembre desolador como todos los diciembres de su vida. Una sombra fumaba un cigarrillo apoyada contra una de las paredes de la caseta que guardaba los contadores de la luz del edificio.
.-¿Leonor?
.- Hola, Tomás. ¿Qué te ha pasado, amor mío?
.- No lo sé. Quizá ha sido el miedo a que no estuvieras.
.- Te dije que vendría. Dime, ¿Te he mentido yo alguna vez?.
.- Sólo tú, sabes que sí.
.- Ya, nunca más...
Leonor tiró la colilla al suelo, la piso con la punta de su alto zapato y le dio la espalda, apoyándose contra la pared grisácea y áspera como una gata mimosa contra el respaldo de un mullido y caliente sofá. Tomás le levantó la breve falda mientras le mordía el cuello, en un intento de devorar tan dulces gemidos huidos de su rosa paladar, mientras introducía sus manos entre las prietas medias que aprisionaban sus muslos. Se los acarició firmemente en una subida y bajada frenética. Leonor podía notar como iba creciendo el miembro de Tomy mientras iba frotándose contra su culo. “No me hagas daño, mi amor”. “La tengo tan pequeña que no te vas a enterar y mira que lo siento”. Les dio la risa justo cuando Tomás entraba en ella. Él estaba tan excitado que no tardó en correrse y ella tan feliz cuando escuchó como Tomás pronunciaba entre jadeos su nombre, que no dijo nada del dolor y de lo que le parecía sangre bajando tibia, quizá mezclada con su semen, entre las piernas trémulas que apenas le aguantaban el peso. Luego se dijeron cosas sin mucha importancia y lloraron un poco sin saber porqué. Desde tan alto la ciudad parecía otra. Había luna nueva y las lucecitas de las farolas y vehículos que circulaban, así como la de las viviendas de aquella gran urbe, formaban una nubecilla de puntos de colores luminosos que le hicieron pensar en un gigantesco árbol de navidad cubierto del espumillón formado por los rastros luminosos que dejaban los vehículos que circulaban a gran velocidad. El silencio y el frío bailaban allá arriba muy juntitos y sintió que estaba en un lugar prohibido, interponiéndose entre sus dos inmateriales danzarines. Casi podía tocar las nubes y estuvo tentado de alzar uno de sus brazos para arrancarle un pedazo de algodón a una muy grande y rosácea que en esos momentos se deslizaba amable sobre la sangre de su cabeza como queriendo secarle algunas brechas. Pero no lo hizo. No estaba ahí para eso. Estaba absolutamente decidido y luchaba con fuerza por distraer lo menos posible su voluble atención con mamarrachas blandenguerías. Nube rosácea de algodón: ¡Y una mierda!. Mejor el aliento del demonio esputando la sangre de sus sienes abiertas. Y es que le rondaban tantas cosas la "chola" que era muy difícil mantenerla fría y echarle el suficiente valor al asunto. Recordaba los buenos tiempos de estudiante en los que soñaba con ser escritor o profesor de filosofía en cualquier instituto de secundaria hasta que llegó el día en el que tuvo que saldar unas ridículas deudas con la justicia de las que él ya se había olvidado pero no ellas de él; cuando todavía tenía un buen trabajo y podía comer más o menos bien todos los días; a Marta, su primera novia, antes de que empezara a zorrear por el centro de la ciudad corrida a palos por los sucesivos chulos que fue teniendo, cada vez más viejos conforme el caballo iba acabando con ella, mezcladores impenitentes de tinto y "Roynoles"; a su hermano el "jito" (por bajito) antes de que acabara en el psiquiátrico local con una psicosis reactiva por culpa de una sobredosis de algo parecido al "lsd" y al que era mejor no visitar, no sufrir el dolor de su profundo deterioro, no padecer el recuerdo de cuando todavía estaba bien y sabía quien era Tomás, cuando todavía sabía amar, dejarse amar; las palizas que el alcohólico de su viejo dio puntualmente todos los días a su madre, a su hermano y a él, hasta que el animal acabó con la vida de la “parienta” un día en que Tomás volvía feliz a la casa porque, jugarretas del “destino”, había sacado muy buena nota en la selectividad, a pesar del infierno en el que vivía día a día, hora a hora, minuto a minuto; las vomiteras que tuvo que limpiar y limpiarse mientras el viejo lo inflaba a "hostias"; el día en que la cirrosis acabó con papi en la antigua Cárcel Modelo, orgulloso hasta el último momento de su justiciera hazaña, de su machada, de su hombría, presumiendo de que se la sudaba que el vago de su hijo Tomás no fuera a visitarlo, ¿para qué?.. seguro que ni era hijo suyo, a saber de qué leche se había engendrado un ser tan distinto a él físicamente, tan raro, siempre enfrascado en decenas de libros extraños, ininteligibles, tan callado, tan metido dentro de sí, "este chico es un anormal", había pensado y dicho bien alto en innumerables ocasiones, casi desde que Tomy empezó a tener uso de razón y sobre todo cuando comenzó a interesarse por "esa puta música de negros"; los mamporros que don Braulio le propinó en la escuela aprovechando la contundencia del sello de oro que casualmente siempre llevaba del revés, adornándole una de sus buítreas garras de viejo facha, cuando Tomasín fallaba con la tabla de multiplicar; lo jodidamente mal que lo paso en el talego en el que entre unas cosas y otras se tiró casi cuatro años; dos estúpidas causas pendientes por tonterías que hizo cuando sólo tenía dieciocho años como quemarle la Lambretta al gilipollas del exnovio de Marta cuando se enteró de que, una noche, cuando la dejó en casa, el otro la esperaba dentro del patio, escondido como una rata para amenazarla con matarla si no dejaba a ese “emporrao” muerto de hambre, o lo de la noche del 23 F, cuando volvía a casa con una borrachera de campeonato y sin saber nada vio unos tanques en la calle y a aquel guardia civil que le dio el alto, que le volvió a llamar hijo de puta y que le gritó algo sobre el toque de queda. Ya sólo recordaba el miedo que sintió cuando se dio cuenta de que aquello no era la mierda esa del "objetivo indiscreto" que ponían entonces tanto por la tele y sobre todo la paliza que ese mismo miedo hizo que se llevara el tipo de uniforme, que debía ser buena gente porque no disparó. Muchas veces había sentido aquello cuando se enteró que aquel pobre hombre estuvo en coma más de un mes por culpa del golpe en la cabeza que se llevó con una botella de cerveza “Turia” de esas de litro; la lucha continua con la fiebre y la bajada de las defensas; las manchas en la piel; lo bien que siempre folló Rosa si él le iba dando de vez en cuando un guantazo suave y los remordimientos que le entraban cuando eyaculaba pensando en Leonor, porque sino es que no podía; los seis meses que se pasó en el penal de Cartagena cuando hizo la mili por cagarse en la madre del sargento Uceda cuando le gritó: ¡Va hijo de puta mueve el culo! Porque aunque fuera verdad que su madre fue puta, ese cabrón no era quien para recordárselo con tan poca educación y la gracia que todavía le hacía recordar, a pesar de los años transcurridos, que la mayoría de los que ocupaban casi todos aquellos putos calabozos era policías militares; el primer saxo que tuvo; el verano que fue a Granada y los ratos que pasó en las teterías liándose su “María”, ¡qué distinta se ve la Alhambra desde el mirador de San Nicolás al atardecer con unos tragos de tequila en la barriga y unos cuantos “petas” de “María” en los pulmones!. La verdad sea dicha, para él, eso era lo que la hacía hermosa. Todo lo demás eran mamoneces, piedras, cuestas y más cuestas y guiris y más guiris y gitanas gordas con ramitas de romero intentando exprimirte hasta el último billete, porque las "moneas traen mal fario". Sentados sobre la cornisa se miraron intensamente y aunque Tomás no dijo nada recordó un trocito de Tosca en donde Cavaradossi decía: "Svanì per sempre il sogno mio d’amore, l’ora è fuggita, e muoio disperato, e muoio disperato, e non ho amato mai tanto la vita, tanto la vita!" .- .-¿En qué pensabas, Tomás?
.- Te parecería una puta cursilería.- Y sonrió.
Vio las tres y siete minutos en su decapado Casio de plástico, miró hacia abajo y sintió un poco de vértigo. Espero a que un borracho terminara de vomitar junto a una de las farolas de la acera y con una extraña tristeza le vio alejarse dando tumbos como un robot mal reglado, y quizá quién sabe, volvió a acordarse del cabrón de su viejo. Comenzó a llover suavemente. Tomy siempre presumió de odiar al cursi de Rilke, pero se lo sabía de memoria en Alemán antes ya de entrar en la Facultad. De hecho y aunque le jodiera reconocerlo lo estudió por Rilke, y la verdad, sólo a él le debía la destacada capacidad que siempre demostró en todo lo que tuviera que ver con la filosofía moderna alemana. ¿Quién iba a poder entender de verdad la “Kritik der reinen Vernunft” o la “Untersuchung über die Deutlichkeit der Grundätze der natürlichen Theologie und der Moral” de Kant, por ejemplo? Había un gilipollas en la facultad que ciertamente presumía de ser un especialista en Kant sin saber Alemán. Tomás nunca le dijo nada, pero aquel pobre hombre estudiaba una traducción de sus obras al inglés, que hizo una traductora polaca y que posteriormente fue retraducido al francés y de ahí a la lengua de Cervantes. No le dijo nada quizá porque nunca se hubiesen entendido. No hablaban el mismo idioma.
Y le vino a la cabeza como un fogonazo:
Die Einsamkeit ist wie ein Regen.
[La soledad igual es a una lluvia.]
Sie steigt vom Meer den Abenden entgegen;
[Asciende desde el mar hacia las tardes.]
Recordaba cuando él y Sebastián, que entonces no eran más que dos chiquillos asustados, subían a esa misma terraza y se echaban sobre el rojo terrazo a fumar los Bisontes o los Celtas que les robaban a sus viejos, a mirar el cielo, soñando con largarse en un barco de polizón, como en las novelas del “Roberto Luís”, a una isla cojonuda, llena de mujeres hermosas de esas que como bienvenida te ponían flores en el pelo, dándote a comer unas extrañas frutas que no encontrabas ni en el mismísimo Mercado Central. Y sobre todo la noche que planearon largarse de una vez por todas y que, finalmente, no tuvieron valor para subir al barco de bandera nigeriana, después del puto chapuzón, porque era tremendo aquello, como escalar por una cuerda hasta la azotea de una finca de diez alturas. Creyó saber entonces, él al menos, que nunca escaparía de lo que quería devorarle el corazón. Fue la primera vez que sintió que no era más que un error y que eso, algún día, tendría que borrarlo como borra un niño un garabato en el papel. .
- Como borrar una tiznada raya de un papel. Así va a ser.
.- La vida no es un papel, Tomás. .
- Ya lo sé. La vida es un tiznado garabato.
.-¿Me ayudarás?
Le tendió su grande, temblorosa y huesuda mano.
.-Te quiero. Siempre te he querido. ¿Lo sabes, verdad?
.- Siempre lo supe. Sólo me hubiera vestido así para ti, ¿sabes éso tú?. .- Las rosas, son mías.
.-¿Qué rosas, Tomás? - Córtales un poco el tallo y ponles una aspirina o azúcar en el agua aunque probablemente estén ya todas muertas. Las escondí debajo de la cama para darte una sorpresa y no me he acordado de ellas hasta hace un rato.
.-Es igual, Tomás.
.-Y pensó que no había mejor regalo para otro cadáver que un ramo de rosas muertas.
Se pusieron de pie sobre la derruida cornisa, cogidos de la mano, mientras el gélido viento jugaba a llevárselos hacia el infinito azul que juntaba el cielo y el platinado mar en una raya tan destellante y fría como el filo de un cuchillo. A lo lejos, muy a lo lejos, podía ver el mar encajado en el puerto. Y también recordó a su pobre madre, a la que quizá nunca entendió, a la que nunca quiso entender, pero a la que quiso, a su manera es cierto, igual que ella también lo quiso a él a la suya. Cuantas noches se había pateado la vieja aquella zona de salados efluvios en busca de unas perras, para que a él tampoco le faltaran demasiadas cosas. Y eso tenía que reconocerlo, por mucho que desde bien jovencito hiciera gala de que no necesitaba el dinero de su madre, que con los trapicheos que se traía con el "costo" sacaba lo necesario para ir tirando él solito.
Von Ebenen, die fern sind und entlegen,
[Desde llanos remotos y lejanos,]
geht sie zum Himmel, der sie immer hat.
[sube hasta el cielo, que la tiene siempre.]
Und ers vom Himmel fällt sie auf die Stadt
[ Y del cielo desciende a la ciudad.]
Se besaron. Era la última vez que lo harían. Un regalo envuelto por cálida saliva. Locura de dos lenguas jugando a retenerse en un intento de evitar el frío que espera fuera, sobre unos labios tristes que no han de abrirse ya nunca más, salvo para dejar escapar en un último hálito imperceptible, todo el amor de golpe, al espacio infinito, que necesita en su inconmensurabilidad. Fue fácil. Simplemente dio un paso hacia delante mientras se zafaba suavemente, como una hoja marchita del árbol que la sujeta, de la mano que acariciaba la suya en el incógnito lenguaje del alma cuando ya no quiere volver a sentirse sola.
Regnet hernieder in den Zwitterstunden,
[Cae la lluvia en las ambiguas horas]
wenn sich nach Morgen wenden alle Gassen
[en que vuelven al día las callejas]
und wenn die Leiber, welche nichts gefunden,
[y en que los cuerpos, que no hallaron nada,]
La cornisa en la que se apoyaba no daba para mayores paseos, Enttäust und traurig von einander lassen;
[decepcionados, tristes, se separan,]
Y voló como un pájaro abatido, triste, ya sin miedo, como nació. Quizá se arrepintió un poco de no haber intentado arrancarle un trozo de algodón rosado a la nube que poco antes había pasado por encima de su cabeza.
dann geht die Einsamkeit mit den Flüssen...
[la soledad va entonces con los ríos...]
Pero sólo un poco. Y si hubiera tenido un sólo segundo más de tiempo, quizá habría terminado carcajeándole la tristeza. Su aliento exhausto era el que desprendía, en ese momento, olor a repollo cocido. Quizá siempre fue él el que desprendía el olor del alma cuando se pudre en un cuerpo que no le pertenece, en una carne hecha para otra vida que nunca llega ni siquiera con las frágiles muletas del “caballo”, el “costo”, la “coca”, la “maría”, el alcohol, los "transiliuns", y sus putas madres. Y quizá lo peor de todo es que tampoco tuvieran gran culpa de nada todas esas sustancias. Arriba en la terraza, el silencio y el frío seguían danzando suavemente en torno a la funda de cuero negro de un saxofón de segunda mano y la ciudad seguía pareciendo un gigantesco árbol de Navidad cubierto del espumillón que dejaban a su paso los vehículos que circulaban a gran velocidad, ajenos al breve pudin de masa encefálica que espumajeaba la acera como un bronquítico esputo del demonio que comenzaba a discurrir como un pequeño y rosado fangal hacia el vómito que todavía goteaba al suelo desde la parte inferior de la vieja farola que alumbraba tenuemente las incontables cagarrutas, no todas de perro, que sobre la acera de la parte trasera del viejo edificio yacían quietas, en silencio, adornando algunas partes del cuerpo de Tomy, como formando un todo natural y previsible. De algún modo y en todos los sentidos, desde que nació siempre fue todo en su vida teleológicamente escatológico. Como una aparición, una mujer vestida de verde que apenas podía mantenerse en pie, se acercó hasta él lenta como la yedra. Inmutable se arrodilló a su lado y envolviendo la cabeza ensangrentada en la gasa de su vestido le besó delicadamente los labios destrozados.
.-Descansa Tomy, amor mío. Descansa.- Le repitió ronca y largamente, acunándolo como a un bebé.
Y pasó mucho tiempo hasta que el sonido de una sirena cercana la hizo desaparecer por donde había venido, sin prisas, sin lágrimas, sin nada. Ya no le quedaba nada. De nuevo como en otras tantas ocasiones volvía a quedarse sin nada. Salvo con un vestido de gasa verde empapado en la sangre de Tomás y su sabor en los labios.

Que se jodan los días.

Hago balance de los días.
Todos han pasado cadáveres por delante de mi puerta.
Se me ha ido cada uno sin despedirse.
"Si te he visto no me acuerdo, fracasado"
A cada uno su trago.
Que se jodan los días....
Sólo me han traído el pesar de la obligación.
El deber ser como si "uno" no fuera...
Que uno es muerte desde el comienzo aunque busque excusas cotidianas.
Prepararse para ello es tautológico.
No da tiempo....
Que se jodan los días...

Llamada a medianoche.

Sonó el puto teléfono. Sólo intentaba dormir algo después de varios días bebiendo y dándole a las teclas de vez en cuando."¿Lo cojo o no lo cojo?”. Lo pensé más detenidamente. Debe ser o un error o algo importante. Era Arístides, estaba fuera de sí y más borracho que una cuba. Era raro que Arístides me llamara por teléfono, tanto o más que lo hiciera yo. Sólo nos llamábamos en circunstancias especiales. Y esta debía ser una de ellas. Simplemente odiábamos el imprescindible aparatejo:
.-"Amicus est tamquam alter idem". - dije yo, sin pensar.
.-Verus Amicus....- respondió como de costumbre......
.-¿Te acuerdas de Verónica?.
.-¿Qué Verónica?.
.- La de cuarto curso.
.- No me jodas, ya no me acuerdo ni del cuarto curso.
.- Pues anoche se pasó por el bar con unas amigas.-
.-¿Y?.- .- Iban todas como locas.-
.-¿Pero tú sabes qué hora es cabrón? .
.-¡Calla, hostias!... y escucha....
.-Bueno... Hay que joderse.... ¿Despedida de soltera o algo así?.....-
.- Despedida de cordura, de hígado, de todo, macho, se lo bebieron todo.-
.-¿Y?.- .- Que me reconoció.-
.-¡Ah, Verónica!, la calientapollas esa, una pelirroja con gafitas, con unas tetas siempre en punta, de esas que parecen caer hacia arriba.- Terminé recordando.
.- Esa, esa: "La termo".
.-¿Y qué? ¿Sigue tan caliente por dentro y tan fría por fuera?.-
.-¡AHORA ES UN TIZÓN ARDIENDO!. Me dijo que había leído algún poema mío en "Para cuando murmuren las brújulas". Yo le digo "¿Sabes que también me encargo yo de su maquetación? Y ella me dice "¿Has leído algo de Jaime Sancho?, Ese que ahora es director de teatro y que tiene tanto éxito con "Improvisando tus cositas". Yo le digo "Ese escribe del culo, y eso de que "dirige" vamos a dejarlo a parte". Y la tía insiste "¿No has leído su "Poemática del Devenir?." Yo le digo "no pude terminarla". Y dice ella "pues había un poema precioso que decía algo así como:
“Pero a los hombres no se nos permite descansar en ningún sitio; nos evaporamos, caemos dolorosa y obscuramente por el fluido tiempo como el agua de un rio, que de piedra en piedra, es lanzada al incógnito devenir."
Yo le digo "vaya mierda", además, plagia obscena e infantilmente el “Hiperión” de Hölderlin. Y la tía va y dice "¿Quién es Hölderlin?". Yo le digo "Nadie, un desgraciado sabio que terminó loco y que también escribía". " En Alemania, es muy apreciado... añado. ¿Escribía?. Sí, está muerto.- le digo yo. "Pobre chico", dice ella. Y yo le pregunto ¿Terminaste la carrera?.- Y ella dice: "Cumlaude". Y yo digo ¡Válgame Dios!. Y ella "por tu forma de escribir pensaba que no creías en Dios". Desde luego cada día menos. - le digo yo. ¡Qué negativo te veo, casi tanto como guapo!...antes no estabas tan bien. Y yo le digo "claro, antes estaba mejor". Y me suelta: "todavía te gustaría follarme". ¿Y tú cómo sabes que alguna vez quise follarte?. "Todos queríais hacerlo" me dice la muy cabrona. "¡Vamos!".-le digo yo. "Adónde".-dice ella. Al váter.- digo yo. ¿Y si alguien entra y te roba la caja?.- "Que le den por culo a la caja" dije yo, no sin antes echarme al bolsillo la recaudación. Y me la llevé al aseo. Casi no cabiamos allí dentro. Yo iba loco. La tía se sube la faldita, se estira hacia un lado las braguitas negras y me dice "¿Te gusta mi chichi?". Se había rasurado el pubis de modo que le quedaba una franja vertical de vello rojizo, tenía un coño bonito, pequeño y rosado, con unos labios rosaditos y mofletudos. Yo le digo "¿A qué me lo como?" Y ella "¿A qué no?". Y me pongo a chupárselo. Todo iba como la seda, me puse a cien, como un mismísimo burro. Pero la tía va y me suelta de pronto: "¡Toma bacalao! ¡Toma bacalao!....
.-¿Y qué?.-
.- Pues que lo del bacalao me trajo a la cabeza por una extraña asociación de ideas, o bueno, por una lógica asociación de ideas...
.-¿Qué dices Arístides?. Me duele un huevo la cabeza y tu estás consiguiendo llevármela al borde del estallido. No tienes ni idea por lo que estoy pasando últimamente.
.-.....Pues que pensé en un pez...
.-¿En un pez?.-
.- Sí en un pez, coño.-
.-¿En un pez coño?.-
.-¡EN UN PEZ!¡EN UN PEZ!. ¡JODER!
.-¿Tú le has dado sólo al coñac o a alguna otra cosa más, Arístides?.-
.-En un pez. Del pez pasé al pez hablando Esperanto. ¿Recuerdas mi sueño, no? .- No te enfades. ¿Cuál?
.- Ese que me persigue desde antes de mi separación: Trabajo para una empresa de catering y me mandan a por pescado. De pronto estoy como un esquimal mirando a un agujero que hay en el suelo, pero sin caña ni nieve ni hostias. Sólo miro el agujero porque me llama la atención que entre las turbias aguas que encierra de vez en cuando aparece, cristalinamente un hermoso pez naranja. Yo quiero cogerlo. Me atrae como una mujer, tiene el sexo de una mujer, quiero follármelo, pero cada vez que intento atraparlo el cabrón vuelve a desaparecer bajo un cenagal. Sólo cuando me calmo y vuelvo a esperar pacientemente, vuelve a aparecer el muy puto, moviendo su colita, como burlándose de mí, como provocándome de nuevo a que intente “calzármelo”. Al borde del agujero un cartelito dice “Solo Esperanto”. Y yo al final siempre termino despertando con la idea de que no conozco ese ridículo idioma y que tengo que aprenderlo, como si me hiciera falta para que no me despidan.
.-¿Todavía andamos así?.
.-Total, que se me deshinchó el pito como un globito mal atado.
.-Mientras no te olvides de tu "ex", el pececito va a seguir coleando para rato.
.-Y lo que más me jode es que fui yo quien cortó por lo sano.
.-Lo que tienes que hacer cuando te acuestes y vuelvas a soñar con el jodido pececito es ponerle un buen anzuelo y con mucha, mucha paciencia, cuando pique, sacarlo, descabezarlo, limpiarle bien las tripas y hacértelo a la brasa. Y cuando esté bien, pero que muy bien torrado asegurarte que no dejas ni las raspas. .-A ver si esta vez lo consigo.- Me dijo con excesivo desánimo.
.-Eso tú verás, pero ten en cuenta que oportunidades como la que perdiste, se dan muy pocas veces en la vida.
.- Qué me vas a decir a mí,..."la termo"... ¡La madre que me parió!.
.- ... Césarrr...
.- Quéeee...!
.- La "termo” me soltó una hostia y se largó. En mi vida me he sentido peor, allí de pie, con los pantalones por los tobillos y la minga más arrugada que el fuelle de un acordeón.
.-Por cierto.... .-Quéee...
.-Que si puedes venir a buscarme... Mientras le comía el coño a la soplapollas esa, me quité las gafas como si fueran una prenda de ropa y las lancé contra una de las paredes..... No veo un pijo....
.- Claro, maldito, cabrón, claro... Ya voy... Total, sólo intentaba dormir. Eso sí, si me entra sueño, conduces tú....
.- Jajaja... ¡Que no veo una mierda, tío....!
.- Nunca has visto una mierda, hermano. Ya voy.

Leonor.

A la salida del retrete de los servicios de la estación de Renfe, mientras me lavaba las manos, un viejo que fumaba un Caliqueño mientras meaba en un urinario rebosante de orines y papel higiénico me enseñó la polla sacudiéndosela obscenamente, lanzándome besitos y enseñándome la lengua. Terminé abriéndole la cabeza contra los azulejos de la pared cuando me propuso que se la chupara por mil pesetas. Mientras llevé barba, a ningún tipo se le ocurrió hacerme propuestas de ese tipo. Y seguí caminando, preso de un extraño sentimiento de persecución, quizá debido a mi reciente experiencia en aquellos escusados públicos. No podía evitar pensar que la gente me miraba, que sonreía, pensando quizá: “éste tipo tiene toda la cara de que le gusta chuparla”. Y me arrepentí un poco de haberme afeitado tan a fondo. No tardé en dar con el sitio. El escaparate no era gran cosa pero el conjunto blanco formado por unas medias, unas bragas y un sujetador llamó mi atención. Y no sé por qué, ya que era un conjunto barato, de los que pueden verse en cualquier mercadillo de pueblo. El sol todavía no se había puesto y mis rodillas ya no podían más. Había salido a eso de media mañana de la pensión en busca de Leonor, con la intención de devolverle la pequeña mochila en la que todavía guardaba algunas de sus ropas y pelucas. Me patee casi toda la ciudad buscando a ciegas la boutique en la que ella debía trabajar ahora. El cristal me devolvió el reflejo perlado de las gotas que rodaban por mí frente a pesar del fresco de la tarde. Volvía a estar sediento. Saqué la petaca de whisky y eché otro trago. Las perlitas de sudor destellaban reflejos azulados mientras dispuestas en forma de cadena rodaban ordenada y lentamente, una a una hasta romperse contra el acantilado roto que formaban las cejas sobre la oquedad de los ojos perdidos en su propio infinito. Me quedé largo tiempo mirando aquello, como una gallina una raya de tiza. Y cuando todo acabó terminé viendo su rostro, demasiado maquillado para mi gusto, como siempre; el cabello largo, negro y ondulado de gitana caliente; su boca, los labios rojos y gruesos como fresones maduros siempre sonrientes y dispuestos, creados para besar, para chupar, para libar semen; el tamaño exuberante de sus pechos y su culo, bien embutidos en dos tallas menos de ropa. Seguía pareciendo una puta en su modo de vestir. La miraba, estudiaba el movimiento de sus músculos faciales que parecían simular una felación en ese sutil aleteo de la piel dulce que envolvía sus carrillos como envuelve la piel el cuerpo de las cerezas. Sólo yo lo apreciaba, y me procuraba cierto placer pensar que ella no era consciente de que de entre toda la multitud que había pasado ese día por delante del escaparate yo era el único que conocía sus más íntimos secretos. Y que por fin, desde que la conocí era yo el que daba con ella. La primera y única vez pues siempre fue ella la que dio conmigo, la que me buscó, la que necesitó encontrarme. No tardé en ver mis ojos arder en el acuoso y oceánico fondo turquesa de los suyos.
.- Tú por aquí... Qué sorpresa.
.- Hola, Leonor.
.-¿Y te ha costado mucho caer tan bajo?. Quiero decir: encontrarme.
.- Menos de lo que imaginaba.
.- Ves, amor. Siempre fue así por mucho que tú te empeñaras en lo contrario. .- .-Entonces tuve miedo de que acabaras devorándome como una jodida viuda negra. .- Lo hubiera hecho. Me gustabas.
.- Nunca te gusté, embustera.
.- Bueno, no demasiado. Sólo las porquerías que pensabas cuando estábamos juntos.
.- No sé que pude ver en una puta de tu calaña.
.- Esta ambrosía nunca estuvo hecha para la boca de un cerdo.
.- ¡Puerca!
.- No grites, amor. Estamos en la calle y nunca te gustó llamar la atención.
.- A ti, sin embargo, siempre te gustó hacerlo.- Le dije, bajando la voz ante la aterrorizada mirada de una señora que pasaba en ese momento por nuestro lado con un carrito de la compra.
.- ¿Cuándo te mostraba el culo obscenamente?. Tú me lo pedías.
.- Acabemos con esto de una vez. Esta mochila te pertenece.
La abrió y miró su interior.
.- Aquí sólo hay cosas tuyas, descerebrado.
.- ¡Nunca fueron mías!. Como tú...
.- Es verdad. En realidad siempre fuiste mío. ¿Todavía lo sigues siendo?.
.- Me das miedo, jodida cabrona.
.-Es tuya, cógela.
.- Ya no. De hecho siempre fue tuya, y las cosas que contenía juguetes para tu sucia imaginación.
.- Pues a tomar por culo. El domingo que viene la vendo en el rastro.
.- Le cogí la mano, me la llevé a la cara y la olí largamente, como un perro huele el rastro de su amo después de ser abandonado.

La verdad es que me has gustado.

.- Hola cariño. Me has gustado. Es la puta verdad. Y no te creas que esto se lo digo a todos. ¿Eres músico? ...ya me gustaría a mí ver el instrumento que guardas ahí. Podemos hacer posturas, la chupo, lo que tú quieras. Menos dar por culo. Veinte..¿Qué me dices? Era bajita, delgada, de caderas anchas, casi una niña de ojos grandes y tristes, llorosos, de cielo de otoño en primavera, nublados por el trote mortecino de un caballo pasado de moda. .- No llevo un puto duro encima.- Le mentí. .-¿Te espero? Pero tienes que ser rápido. Ya sabes, los maderos, no me puedo quedar mucho tiempo por aquí, llevan ya dos vueltas a la manzana y aunque echo a andar cuando aparecen, creo que a la próxima, me joden la noche. Ya se han llevado a unas cuantas en la calle Balmes. Me quitó algo del párpado derecho, una motita quizá, con una suavidad que me emocionó extrañamente, como si fuéramos novios, mientras inquieta y preparada para echar a andar en cualquier momento, husmeaba los extremos de la calle en un intento de atisbar la inminente llegada de la odiada “lechera”, esa clase de lechiga moderna y motorizada que limpiaba la ciudad, que transportaba hacia la comisaría más cercana, para enterrar en ella un poco más, a ese tipo de cadáveres que todavía eran capaces de preocuparse por la pequeña mota que puede incomodar el ojo de uno, mientras ofrecen a todas tus perversiones su frágil esqueleto de cristal por cuatro perras. .- Bueno, vale, voy a buscar el dinero y vuelvo.- Volví a mentirle, y me marché como un judas gilipollas, más convencido que unos minutos antes que necesitaba una última copa, antes de volver a la sucia pensión a dejarme magrear por el escurridizo y endeble Morfeo de los borrachos, tan dado a la botella como éstos, cuando después de unos pasos ella me dijo:
.-¿Y un cigarrillo? ¿Me darías por lo menos un cigarrillo?.
.- Claro mujer.- Le lancé uno .
.- ¿Y fuego?.- ¿Me darías fuego?....
.-Pues claro mujer....
No tendría más de doce años.

María...

Mi cerebro más intoxicado por el reciente halo de perfume con el que ella había impregnado mi cuarto que por el alcohol, yacía aplastado bajo el obsesivo repiqueteo de sus últimas palabras, "son 60 cariño y rapidito que tengo otro servicio en la calle Balmes". Ello unido a una creciente desesperación ante la posibilidad de que la locura se hubiese apoderado de mi vida me trastocó todavía más el desorden en el que se deshacía mi alma como las cosas muertas se convierten en el humus del que ha de nacer la vida. No sabía entonces qué podría nacer de todo aquello. Saqué de un cajero cercano a la Plaza del Ayuntamiento unos 120 con la visa classic. No tenía ya ni un céntimo en la cuenta corriente. Hacía tiempo que no me llamaba la empresa para la que trabajaba y andaba más que jodido. En mi delirante desesperación pensé en llamarla, en que quizá podría convencerla para que escapara el resto de lo que quedaba de madrugada conmigo al hotel “Mediterráneo”, el lugar de nuestras primeras y desenfrenadas citas amorosas. Todavía conservaba el papelito en el que me apuntó su nombre y el número de teléfono junto al horario en el que podía localizarla: “María. Lu. – Mi. – Vi. De 16 a 17 h. ” Fue en el convite de bodas que Arístides hizo para los amigos donde la conocí. Ya antes la había visto, docenas de veces, cuando estudiaba en la facultad de Filosofía. Ella era de Empresariales y no sé por qué, un buen número de compañeros utilizábamos su cafetería en lugar de la de nuestra facultad y de vez en cuando aparecía por allí y yo la miraba, estudiaba sus movimientos, su cuerpo. Quizá me recordaba demasiado a Leonor, pero con clase, con demasiada, más sin duda de la que mi mirada merecía. Ella nunca se dio cuenta de que entre la gran multitud de estudiantes que abarrotaban la cafetería, uno, el único que podía llamar su atención por la desvergüenza con que fumaba en pipa la espiaba lujuriosa y felinamente. Me gustaban las mujeres grandes y ésta lo era en todos los sentidos. Decidí probar suerte y llamarla a casa de sus padres. Siempre le escribía algún poema. A ella le gustaba y me prestaba una atención silenciosa pero aduladora y sensual. Marqué su número, que era como jugar a lo del Cupón Prociegos, rara vez conseguías más que el reintegro; esto es, que te devolviera la llamada. Sin embargo, yo seguía "jugando" por si acaso, como a los que ya les ha tocado la lotería alguna vez, un buen puñado de millones y siguen empecinados en pensar que puede volver a ocurrir lo mismo, que la suerte es ciega, como el amor. Craso error llamar borracho a su casa en horas tan tardías. Descolgaron al otro lado del auricular:
.- ¿María?
.- ¿Sí?...
.- Te necesito, estoy muy jodido, al borde de la locura. Duerme conmigo esta noche. Iremos a un buen hotel, te diré cosas bonitas, soñaremos juntos y cuando nos levantemos desayunaremos como reyes y nos iremos cogidos de la mano de paseo a buscar algún autobús que nos lleve a la playa. Tengo ganas de ver la mar, hace tanto que no la vemos juntos, que no nos sentamos sobre las rocas del espigón a escuchar cómo nos llama por nuestros nombres...
.- ¿Lloras?...Me das miedo.
.- Ya no bebo tanto.
.- Te tengo que dejar.
.-¡Espera!. ¿María?... Sólo dormir. Nada de espejos, de sexo. Sólo sosiego. .-
.-Necesitas un psiquíatra. Tú no sabes lo que quieres. No me molestes más.
.- Te quiero a ti.
.- Tú sólo quieres a una imagen y ni siquiera sé ya si es la mía. Creo que nunca te interesé. Bye.
Terminé solo, como siempre, sentado en los escalones de “La Plaza de las Palomas”, que era como llamaba María a la “Plaza de la Virgen”, con una melopea de “aquí te espero”, hablando solo e insultando a cada una de las “ninfas falleras” que tan estúpidamente decoraban la fuente central y rememorando nuestro primer encuentro frente a los amplios y luminosos espejos como de cielo vertical, de cascada estática de luces, en nuestra habitación del hotel. Desde que nos sentamos en el borde de la cama y hasta que amanecí al día siguiente a su lado, como escupido del vientre cenagoso de la tierra, ya no volví a mirarla sino en aquellos espejos. Allí se había quedado lo puro de su carne, en lo intangible y mi hambre buscó devorarlo como un místico antiguo buscaba a Dios en el plato de la sopa. De espaldas a los espejos, inclinada, apoyaba sus manos sobre el colchón. Mi mano sopesando cuidadosamente sus glúteos, separándolos, abriendo su vulva, perdiéndose dentro de ella mis dedos como alegres culebrillas, no parecía mi mano. Era la mano de Dios modelando carne, modulando gemidos que venían de algún remoto lugar perecedero y doloroso, un lecho de anclaje para la carne viva mas fangal infecto para un débil espíritu sin asideros. Grave y permanente tautología vital que negó mi existencia desde que recuerdo. Un mendigo borracho rodó escalones abajo cerca de donde yo estaba, se abrió la cabeza y espantó a un par de cucarachas que agitaban nerviosas sus antenas en busca de algo que llevarse a la barriga. Se levantó como pudo y volvió a caer cincuenta metros más lejos para no levantarse ya. Cuando volví la mirada, las cucarachas cenaban sangre fresca. Qué jodida vida, amigo, pensé. Y encendí otro cigarrillo.

Espuma de los días.

A veces mi corazón,
envuelto en la cellisca nocturna,
rueda,
circula,
se pierde en sí mismo,
en lo que fuimos juntos.
Un dos sin tres,
sin antes ni después.
Y gira loco,
ebrio de amor,
de desamor,
de locura,
en lo más volátil,
pero efervescente,
y evanescente
de esta espuma de los días,
que hierve en los labios,
todavía,
como aquellos largos besos...

Desde que te has ido...

Rasgo tu cuerpo invisible,
de violoncelo,
que no encuentro entre las sábanas,
y me incorporo sudoroso,
en la oscuridad.
Veo sólo el vacío,
y el bordón de la melancolía,
doblada como un pañuelo,
me desdobla la tristeza.
Abro a la noche las ventanas.
Ni una pizca de aire.
Te busco en los rincones.
Y no te encuentro.
La casa está vacía.
Echo un trago.
Pongo un disco.
Pero me voy ahogando,
me voy asfixiando...
Busco una excusa para toparme contigo,
en el baño o en el sofá...
Como un árbol sin ramas, y sin pájaros,
tengo el alma, desde que te has ido.

Ahí en el fondo....

Sigues ahí al fondo,
en el trastero de la vida.
Como un objeto viejo e inútil,
que todavía no he tirado,
y con el que cuando menos lo esperas,
acabas dándote un buen golpe en las espinillas.
Acumulando polvo y telarañas,
entre abrazos secos,
flores acartonadas,
besos polvorientos,
lágrimas como piedritas,
danzas invisibles,
besos avinagrados,
palabras ya borradas,
coitos sin sudor,
pieles apergaminadas,
perfumes sin olor,
y sexo sin perfume...
Y tú no te mereces eso, nena.
Ni yo quiero más golpes.
Hoy mismo paso por ahí,
si tengo un ratito,
con una bayeta bien mojada en alcohol,
y lo limpio todo...

Columpiándome en tus ojos...

Columpiándome en tus ojos
me quedé,
como los niños en los parques
de las tardes,
que no entienden el azul infinito
que se les viene encima,
ni los otoños que les irán asesinando
la inocencia.
Decidí no salvarme.
Jugármelo todo a una carta.
A una tirada.
Eras peligrosa como una ruleta rusa.
Tú lo sabías.
Esa bala llevaba escrito mi nombre.
Yo lo sabía.
Pero no me importaba.
A ti mucho menos.
En el fondo de esas pupilas carnívoras,
ya me vi sentenciado.
Bien valía la pena una noche
contigo la condena.
Eso pensaba entonces...

Le gustaban...

Le gustaban los tequilas reposados,
Chavela Vargas y Pablo Neruda,
los billares a botellazos,
algunas películas crudas,
los mordiscos ensangrentados,
las peleas más rudas,
todo tipo de polvos y polvazos,
su dicho era “si no te gusta me la suda”,
navajas, navajitas y navajazos,
flores, perlas, mil whiskys con sodas,
camorristas, presiadiarios y chulazos,
de trabajar nada, no me jodas,
también los besos y los abrazos,
pero tenía una belleza tan embriagadora....
al terminar, ¡a la mierda!, nada de lazos, ...........

(A los cabronazos como "Farruco Jones".Al que esta mañana ya vi en el espejo de mi habitación. Y sé que él a mí también en el de la suya. )

Cuéntame algo...

Cuéntame algo, pero no, nena.....
no me hables de hojas muertas,
no me hables de paseos sin "parné",
de parques vacíos,
“sol y sombras”,
jodidos coñacs,
de mi hermano "el frío",
baruchos sombríos,
avenidas a medianoche,
exnovios alcohólicos,
no me hables de golpes,
ni de domingos con fútbol,
ni de cortados sin leche,
no me hables de noches amargas,
ni de putos días sin tregua,
ni de lo que duele un “mono”,
ni de lo que son en "euros" diez polvos ,
no me hables de tu barrio,
ni de lo sucia que está la luna,
ni de lo mal que está el "trullo",
ni tú en el arroyo,
no me hables de tus heridas.
Te lo digo mientras te arrullo.
No te cortes más, querida.
Ni con palabras ni con cuchillas.
Y no me hables,
ni de las monjitas aquellas,
ni de tu madre,
ni de tu hermano,
ni de los putos "maderos",
ni del sabor de la sangre,
ni de su olor,
ni lo que cuesta limpiarla.
Violaciones he vivido muchas,
no me hables..
Cuéntame algo.
Pero algo que no sepa.
Dime: “te quiero”.
Es un ejemplo...
Ya tienes mi número.

sábado, agosto 12, 2006

Hombre.

Hombre
Heciento
Hedo
Helminto
Hecho
Herrumbre
Hediento
Hambriento
Hoy
Hinca
Hoza
Hiede
Hende
Hembra
Hermosa.

viernes, agosto 11, 2006

R.I.P.

En el azul del tren sincopado que vuela al amanecer naranja del Central Park de Woody Allen,
una negra de alcoholizado paladar que estallaba su sexo vocal en rojos sostenidos,
en el último vagón que habitamos,
sabe en su silencio de ahora,
que mi amistad hacia usted es tan elevada,
como elevada era la columna de aire que Coltrane con su saxo enviaba hacia los mismísimos cojones del altísimo,
cada vez que hacía sonar su saxo.
Salud, amigo.
Descanse en paz.
Hoy tocaré a su salud.
Y sepa que beberé hasta caerme muerto.
Nos vemos en el infierno.
En el otro, me refiero.
Espero que exista. Si no, menuda putada.
Te echará de menos, cabrón.
Y mi saxo también.
Nadie tocaba el bajo igual.
Ni nadie cayó tan bajo tampoco.
Cosas que pasan.
He ganado la puta apuesta.
Soy yo el que bailará sobre tu tumba.
Bueno, ya me conoces, no me gusta bailar.
Pero tocaré algo con los colegas.
Algo de Dexter Gordon.
O mejor de Charlie Parker.
Sí.
Eso te irá mejor, pájaro.
Te quiero.

Un vaso de agua

Pudo haberle dado ese dinero.
Era lo acordado.
No era poco pero tampoco era demasiado.
Según para quién...
Era lo suficiente para doblegar un cuerpo ajeno.
Simplemente.
Ella tenía pocos años,
demasiados hijos y una olla oxidada.
Él demasiadas condenas, una cirrosis
y el tabique nasal necrosado por la cocaína.
Mientras las pequeñas dormían en un rincón de la chabola, hubo un forcejeo.
No gran cosa.
Págame, primero.- dijo ella.
Si me gusta el servicio.- dijo él.
Pues que te la chupe tu madre....
El tipo tenía las manos como palas de excavadora.
Una perla púrpura descendió pausadamente por una de la comisura de los labios de ella mientras sus ojos asían el infinito.
Todo sucedió como sucede un pestañeo cualquiera.
Lamió su lengua azul hasta robarle el calor y dejó el junco roto de su cuello sobre el revoltijo de trapos del catre.
Encendió un cigarrillo aturdido, sin entender por qué otra vez la cosa terminaba como siempre.
Una de las niñas la llamó desde el sueño.
¡Mami!...tengo sed....
Y necesitó ir también hasta ellas....
Sólo era un vaso de agua.....

jueves, agosto 10, 2006

Tienes ojos extraños

Tienes ojos extraños, mi vida.
Palpitantes caderas con inquietud de río.
Lentas ondas oscuras que tiemblan en tu frente como algas mecidas por las olas. Tus manos bien podrían alzar en vilo el mundo, cuando acaricias mi polla, ardiente cáliz de espanto ofrendado a los dioses el semen que derramo sobre ti.
Suspiras y es mi pecho quien absorto suspira.
Te mueves y soy yo quien se agita y disloca.
Sonríes y provocas la muerte en quien te mira una muerte instantánea: la muerte de los que lo creen saber todo.
La muerte de los tipos como yo que sólo lograban intentar encontrarte en el sueño de varios whiskys con hielo y una puta de alto standing.
¿No te lo había dicho nunca?
Ignoras tu poder como las ninfas borrachas.
Eres, pues, peligrosa, como un tigre en la jungla bajo la luna pálida.
Eres más: eres todo, todo un peligro público.
Y lo sabes, bandida.
Te estoy diciendo esto desde el fondo del pozo, tieso ya, amortajado, la barba de diez días y lleno de gusanos que me sueltan las uñas.
Y cuando llegue este momento, relee lo que aquí decimos mis poetas fantasmas y yo.
Ponte un whisky aunque no bebas, el “Round About Midnight” de Miles Davis, enciende un ducados y dime: “te quiero cabrón, hijo de puta, te sigo queriendo y aunque folle con otros sólo tú diste la talla.”
No se me olvida aquel sábado.
Más de dos días inquieto, tratando de encontrarte por las calles, apostado en sitios estratégicos —esquinas en teoría casi inevitables, húmedos bares de tres al cuarto, paradas de autobuses… qué se yo—
Y luego la vuelta sólo, borracho, la busca de una puta, la busca de una muerte no deseada y ahora, ahora estás aquí tranquila (dentro de lo razonable....), tan campante, guapísima, del otro lado del cristal, con un niño que es mi niño.
Te había visto, ya pensé durante aquella boda, de lejos -diría, para estos ojos miopes con que andaba cuando aún me quería menos—
Ahí está ahí está, pensé, y se agitó mi espíritu lo mismo que se agitan las aguas tristes de los lagos con la brisa de otoño.
Era el momento, esa ocasión que ni pintiparada, única: bastaría con empujarla, disculparse, mentir un simple encuentro fortuito, entrarle al quite, buenas noches caramba, vaya una feliz casualidad, y todo hecho, todo; y luego, ya se sabe, cada uno debe tener su arte de enrollarse, su ars amandi, como ya dijo Ovidio.
Era el momento sí.
Pero pasé un poco de largo en aquellos días igual que un apestado, como un perro con pulgas y el rabo bien metido entre las patas, jadeando, sin osar tan siquiera echarte una mirada de reojo: apijotado, vamos.
Pasé de largo como las aves pasan en los cielos y el sol sobre los días y las flores que quisieran reposar en tus cabellos y morirse en tus manos, y no saben.
Y nada hay bajo el cielo que deslumbre como tú.
Quería decir que eres mi cielo. Y que cuando te acaricio el sexo, los pechos, el culo, mi existencia se justifica así misma.

miércoles, agosto 09, 2006

Tercer Tetrabrick

Tercer tetrabrik.
El pueblo está en fiestas.
Aunque no sea excusa.
El cielo era hasta hace un momento una gacha tibia y azulada.
El sol un coñac caliente salpicado caprichosamente por las hojas de un árbol.
El banco de madera una mecedora detenida al borde del tiempo.
Una pelota rueda hacia nuestros pies.
Ella duerme apoyada en mi hombro.
Ella, la que lleva mi abrigo raído, tampoco tiene a donde ir.
Era un niño precioso nuestro hijo.
A lo lejos alguien ríe.
Mientras yo no sé cómo quitarme este hielo de los pies, ella sigue durmiendo como para no despertar.
Espero.
Detrás de una pelota siempre viene un niño...
Salvo hoy, parece...
Y comienza a llover como si se desangrara el cielo.
Ya me he cortado otras veces.
Pero esta ha de ser la definitiva.
Así que saco la cuchilla del vuelto de la manga de la chaquetilla, y termino los restos de vino.
Qué hermosa es.
Parece una flor mecida por el viento cuando respira.
Y sus cabellos agitados los pétalos de alguna especie botánica caprichosa.
Mis antebrazos lo salpican todo como si llevaran instalados un compresor en los bíceps.
La cojo por la cintura.
La lluvia arrecia.
¿Llueve?- me pregunta medio dormida.
Sólo chispea, duerme mi amor- le digo yo.
Y de este día, ya no sé más.
Ni de ella tampoco.
Me enterraron al día siguiente.

Noche de paz

Un hombre camina solo.
Más solo a cada paso, hacia la soledad última.
La ciudad es una ceniza deslumbrada de luces.
Todo a lo lejos.
Se detiene a sólo un paso del epílogo de su vida.
Desde el río sube hasta el puente un olor de aguas corrompidas.
Es sólo un paso, el cielo se ha caído y un puñado de estrellas fluye con la podredumbre intestinal de la ciudad.
Junto a la barandilla unos zapatos y una cartera.
Cené después de muchos días.
Sus zapatos me guiarán hasta mi puente.
Es tan gélido Diciembre...

martes, agosto 08, 2006

Goteo

Ella no fue un juguete como otros.
El goteo del agua sobre mi frente salpica ahora el morado de sus labios.
Son ya horas con su doloroso tam-tam.
Alguien debería arreglar esa maldita gotera.
Alguien debería arrancar el timbre de la pared.
¿Por qué no puedo moverme?
Amaneció hace un rato y hace otro tanto que anocheció.
Luces y sombras proyectadas desde el gris que se cuela por las cortinas se suceden sobre el bómbice de su estómago, sobre sus pechos apenas florecidos, anunciadas por motores de automóviles y contenedores de basura.
Debería comer algo pero está tan jodidamente lejos la cocina.... Moscas.
Hay demasiadas moscas en la casa. Y no es verano.
Sigo tan cansado.
Fue un penoso trabajo traer su cuerpo hasta mi cama.
¿Cómo se quitará el barro de las sábanas?
Repiquetean ténuemente las gotas, como limpias falanges descarnadas, en los cristales.
Dolor.
Malditos golpes en la puerta.
Alguien grita que es policía.
El techo se desangra en forma de lechosos goterones sobre mi frente. Giro imperceptiblemente el cuello en la almohada y veo crecer la malva oscura en su entreabierta boca.
Acerco mi oído hasta ella, miro sus entreabiertos ojos pudorosos, muerdo su cuello, la abrazo, cierro los ojos.
Gélidos días infinitos.
Gélido sexo virginal.
Y ella sigue tan callada...

West East

Soledad de pensión.
Todas las pensiones son iguales.
Humedad y suciedad se transmutan en el olor del repollo cocido. Camas ruidosas de metal inquietantes como las rejas de una celda.
Tos bronquítica nocturna de otros reos.
Gritos y peleas.
Alguna puta exige su dinero.
Puertas que se abren y se cierran en la oscuridad.
Otro viejo borracho morirá solo esta noche.
Las gangrenadas cañerías del edificio suenan como las tripas de un golem moribundo.
Siempre una sábana manchada de mierda de semen o de orina me hace pensar que quizá ya dormí aquí alguna vez.
Es difícil conciliar el sueño así.
Hace tiempo tuve mujer y una casa. Y un Dodge del 78 que aún andaba bien.
Son los últimos tragos del día..
Hace frío aquí.
¿Quién no necesita un poco de calor?
La botella es mi puta preferida.
Nunca más opaca que cualquier mujer.
A ella le da igual que no se me ponga dura.
Le da igual mi suciedad corporal. Mis dientes careados.
Una botella se encuentra en cualquier parte.
Y deja que la manosees.
Deja que la sorbas.
Que le metas la lengua en su agujero.
Que le metas un dedo.
Invariablemente te regala su líquido como corriéndose en tu boca.
Y no pregunta.
Simplemente la tiras y buscas otra.

Sucedáneos

Bajo el techo desalmado de un cielo estrellado comienza a llover sobre el hombre harapiento que arrastra su casa por la ciudad como un caracol que va detrás de su concha.
La ciudad es sólo un montón de callejones oscuros y cubos repletos de basura.
El calor alguna hoguera improvisada en un bidón.
El hambre un animal de compañía que no deja nada para el estómago.
Pega la capa de mugre que lleva sobre la espalda y bajo el abrigo a una pared con amplia cornisa en lo alto.
Cree escuchar ténuemente un tema de Oscar Peterson; “When summer comes” quizá. Será un club de jazz piensa...
Y recuerda que cuando todavía era hombre conoció a una negra hermosa de rosa paladar que hacía el amor como si cantara y que cantaba como si hiciera el amor y joder, que tenía unos pezones como trufas de chocolate tibio. ¿Cómo coño se llamaba?.......
Ya sólo recuerda que fueron tiempos entretenidos aquellos.
Cierra los ojos y casi sueña que aquella mujer de ébano y azúcar vuelve a lamerle la piel. Pero sólo es un perro pequeño que también busca algo que comer.
Y se mira a sí mismo desde los acuosos ojillos del perro.
“I want a little girl” de Clark Terry se esforzaba por tararear en ese momento. Justo como cuando el lamento del perro pudo haber sido como el de aquella mujer de entonces.
¡Qué tiempos aquellos.!
Mira su cuchillo.
Una luna sucia permite que él se vea los secos ojos en la hoja, cerca del sanguinolento filo.
Levanta la vista al firmamento y deja que el agua le empape el rostro. Un rosario de pequeñas gotas resbalan bajo sus ojos hasta la comisura de los labios. Echa de menos cierto sabor salado en ellas.
Es lo que tienen los sucedáneos piensa mientras vuelve a arrastrar su casa como un caracol que va detrás de su concha. ¿Y el perro? ¿Cómo coño se llamaría el perro? Se va preguntando mientras silba algunas notas del Round Midnight de Davis...

Primera vez

La edad no era requisito.
Ser hermosa tampoco.
El aliento le olía a whisky.
El sexo a mi vodka con naranja.
Agradecí todo aquel maquillaje en su cara.
Aquella máscara de muñeca lúbrica que escondía la desidia de una carne cansada. Ella no me gustaba pero la besé como a la novia adolescente que entonces deseaba. Bebí de su boca como de mi copa.
Todavía quedaba el humo de su último cigarrillo en sus pulmones.
Fue mi primera calada de Winstons.
Sus pechos generosamente llenos en otro tiempo caían medio vacíos sobre la suave grasa de su vientre. Y no me importó.
No era requisito la voluptuosidad de unos pechos.
No le pregunté su nombre.
Ella a mí tampoco.
No era requisito tener nombre.
Tenía una hija de quince años aunque tampoco era requisito.
Los dientes estropeados.
Podría haber sido requisito lo contrario.
Unas cuantas palizas quizá.
Fueron cinco mil por la piel.
Dos mil por su copa.
Ella me enseñó la tristeza de mi sexo.
Poco más.
Mitad para ella y mitad para la casa.
Y un "vuelve cuando quieras pero sin beber, amor"
Ella, la que nunca lloraba, la que guardaba bajo las arrugas de los párpados cristales suicidas, como reserva el deshauciado una cuchilla sin estrenar bajo un frasco de after shave, a ella, la que jamás sonreía, por no mostrar que ya anochecieron sus encías, le quedaba todavía algo; algo como de halo antiguo, algo como de "Esfinge de todo a cien".
Era una sombra perfumada en una esquina de la noche de los tiempos.
Yo entonces no lo sabía.
Nunca volví a verla. Era requisito.